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LOS BULES SON BULES

sábado, noviembre 24, 2012 2 Comments 8 Likes
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LOS BULES SON BULES

Un amigo mío bule me relató una anécdota interesante que le ocurrió hace no mucho tiempo (no mucho tiempo medido en tiempo-Bali). Una anécdota en la que todos los involucrados son bules viviendo en Bali. Una anécdota que no habría ocurrido de no haber sido ellos los bules que son. Una anécdota que este amigo mío bule no me habría relatado de no ser él el bule que es. Una anécdota que yo ahora no estaría contando de no ser yo el bule que soy. Aunque con todo, una anécdota contundente. No necesariamente por los particulares de ésta, sino que por su poderosa naturaleza perspicaz en la naturaleza de los surfer-bules. Una anécdota en la que decís “por supuesto, todos bules”. Y ya que nos es difícil a todos escapar nuestra bulenidad, y con tácito permiso de mi amigo, aquí va:

Uno de los lados del Bukit es un escenario de ensueño. Hay unos diez picos desparramados sobre dos kilómetros de arrecifes de contornos y profundidades varias. Los arrecifes rodean hermosas playas de arena blanca. Las playas están enmarcadas por los acantilados majestuosos del Bukit. Los acantilados están salpicados aquí y allá y cada vez más de búngalos, casas, warungs, hoteles, restaurantes y talleres de reparación de dings. Unas escaleras de cemento bajan a la playa por los acantilados. Los surfers, habiendo chequeado el swell desde lo alto del acantilado, o desde su alojamiento preferido, y habiendo también ya decidido cuál spot surfear, corren escaleras abajo cuando el surf está bombeando y lentamente caminan escaleras arriba terminada ya la sesión.  A veces los picos se crowdean. A veces sos vos con otros pocos. Las escaleras están buenísimas. Fáciles de bajar, se ven los picos a medida que bajás, y llegás a la playa a través de diferentes warungs donde podés dejar tus cosas y tomarte una cerveza pre o post sesión. My amigo bule está de acuerdo conmigo, las escaleras están buenísimas. Pero aún así, solía siempre bajar y subir el acantilado por otro lado.

En ese mismo acantilado, y sin embargo de alguna manera escondido y apartado de los warungs y alojamientos, hay un mirador desde el cual con un ligero giro de cabeza hacia la izquierda y derecha, podés rastrillar con la vista todos los picos.

Podés ver las derechas y las izquierdas, podés ver los tubos y las paredes largas, podés ver las marcas avanzando desde lejos en el horizonte, y podés verlas transformarse en pequeñas máquinas de tubos, o en engañosas gordas y grandes nadas, o en paredes grandes, largas y rápidas. Y los podés rastrillar sólo, a veces; a veces con vacas indiferentes pastando a tu alrededor.

Desde ese mirador mi amigo caminaba en dirección sur a lo largo del borde del acantilado abierto, se metía en un túnel de bosque con un templo balinés y salía al acantilado abierto nuevamente desde donde bajaba por un sendero escarpado, inclinado y resbaladizo que corta la pared del acantilado. En el terreno adyacente al acantilado abierto desde donde se comienza a bajar  por el sendero a la playa, a pocos metros tierra adentro desde el sendero al borde del acantilado y a la sombra de árboles, se hallaban dos o tres adormilados, humildes y rara vez usados búngalos. Mi amigo siempre se preguntaba por qué esa locación con esos pocos búngalos estaría tan descuidada al punto de hasta parecer abandonada. Parecía haber, a veces, un cuidador que pasaba el día en una hamaca, pero nunca había visto a ningún surfer alojándose en ellos.

Así que ese era el camino que siempre tomaba para ir a surfear ese lado increíble del Bukit. Se cruzaba seguido con Pak Ketut, un pescador local que también usaba el mismo camino para subir y bajar el acantilado a la playa.

Un día, al lado del mirador favorito de mi amigo, y en el terreno que incluía la primera sección del sendero abierto del acantilado, se comenzó a construir un restaurant. Una pared fue levantada hasta el borde del acantilado y eso le significó algo a superar. Así que comenzó a trepar la pared bajo las curiosas miradas de los obreros para luego seguir en su camino por el sendero hacia el túnel-bosque. En poco tiempo el restaurant estuvo pronto y abrió sus puertas. Mi amigo ya no pudo trepar las paredes. Y eso le significó algo más a superar. Así que se amigó con los dueños del restaurant desde donde, ahora, caminaba en dirección sur metiéndose en el túnel-bosque con el templo balinés y saliendo por la segunda sección del acantilado abierto en el lado sur del túnel-bosque.

Las cosas a superar no parecían tan difíciles de superar.

Uno de esos días, mi amigo se llevó consigo a algunos amigos bules europeos por el sendero a través del túnel-bosque, pasando el templo balinés y saliendo al acantilado abierto. El swell era de los mejores que había visto en mucho tiempo. No importaba cómo estuviera la marea, todos los picos estaban funcionando. Era un día alucinante. El sol radiaba, la brisa off-shore estaba perfecta y mi amigo estaba con el mejor de los humores. Se sentía vivo, en armonía, amando Bali, amando el Bukit, amando las olas, amando su vida y a todos en ella. Amando hasta la música a alto volumen que sonaba en el restaurante y que de alguna manera disturbaba la escena. Pero mi amigo no lo vio así. Era, ahora, parte del todo, y él amaba el todo. Siguió a su ritmo a través del túnel-bosque dejando a sus amigos atrás, murmuró una oración a los Dioses del templo y reapareció en el acantilado abierto donde el sol radiaba, donde las marcas martillando el arrecife reaparecieron debajo, y donde un hombre cincuentón se erguía, sólo, chequeando las olas y todo el espectáculo que se le presentaba en su mismísima frente, como si fuera el único invitado, o tal vez, como si hubiese comprado todos los tickets de entrada.

“¿Difícil de elegir dónde surfear hoy, eh?” mi amigo exclamó suponiendo el júbilo del otro surfer en frente de tales line ups.

“Mmh, mmh”, fue la respuesta que recibió del otro surfista quien sin girar  la cabeza continuó mirando hacia el océano. El resplandor del sol en el agua estaba fuerte. Re fuerte. Llevaba lentes oscuros.

El surfer entonces giró  y aún cruzado de brazos, le habló entonces a mi amigo. “¿De dónde venís?” le dijo.

Mi amigo quedó un poco descolocado con la pregunta. Obviamente había venido de dónde había venido, de dónde el hombre sabía que había venido: del túnel-bosque. ¿Pudiese ser que el hombre, tan abstraído por el increíble espectáculo de surf debajo no se hubiese dado cuenta de dónde había venido (del norte) y pensase que tal vez hubiese venido desde el otro lado del sendero (del sur)? “No podía ser”, se dijo a sí mismo. Tímidamente –no queriendo señalar lo obvio- señaló atrás a lo obvio. “De ahí”, dijo.

“Sí, lo sé. Pero de dónde?” Mi amigo no estaba seguro pero sintió que notó un extraño tono en la voz del surfer. Como si estuviera irritado por algo.

“No entiendo”, contestó mi amigo y la armonía interior y con el Universo empezó a temblar. “De ahí, caminando por el sendero.”

“Ya veo. Pero, estabas en el restaurante antes de caminar por el camino?”

preguntó ahora, sacándose los lentes de los ojos y mirando directamente a los ojos de mi amigo.

“Ah, sí. Sí.”

“Bueno, no podés bajar a la playa por acá.”

La armonía de mi amigo tembló un poco más. Sintió un golpe de corriente corriendo por el cuerpo.

“¿A qué se refiere?” preguntó cortésmente. “Hace años que uso este sendero. Por qué no habría de poder usarlo hoy?”

Una serie de idiosincrasias bules se dieron en seguidilla. Se hizo llamado a la propiedad privada; música fuerte y enemistad entre vecinos fue puesta en la mesa; derechos del individuo por encima del bienestar de otros fueron pronunciados. Armonía y consideración por el prójimo y homónimo surfer no estaban, obviamente, a la orden del día.

Mi amigo, aún en armonía –si no una completamente placentera armonía- notó, sin embargo, que el surfer no se sentía confortable con la situación, no se sentía confortable con cómo la estaba manejando. No se sentía confortable consigo mismo. Parecía forzado a actuar de una manera contraria a sus principios.

“Vamos man. ¿Realmente te molesta que baje por el acantilado a surfar? Mirá esas olas…”

El surfer hesitó, y no muy convencido él mismo, fue contra sus propios principios citando lo que sonó como si fueran principios –a todas luces convenientes- de otro: “Es una cuestión de principio. Esta es mi propiedad y vos venís de un restaurante que me está perturbando la paz y eso es un problema.”

“¿Pero y yo qué tengo que ver?” preguntó mi amigo aún sin entender mucho.

Y ahí fue cuando la armonía dentro de sí y con el Universo finalmente se resquebrajó. El hijo o tal vez sobrino del surfer, un adolescente recién salido de la pubertad, aún desgarbadamente larguirucho e imberbe, que había aparecido desde algún lugar del terreno, desde uno de los dos o tres poco cuidados búngalos y quien había estado caminando en círculos a una corta distancia, le saltó a la cara a mi amigo y le gritó, “Si vas a ese restaurante, vos sos parte del problema.”

Mi amigo, un hombre de treinta y cinco años, surfer de toda la vida, buscador, a lo largo de sus años de adulto joven y finalmente hombre maduro, de la verdad, de la armonía y del respeto, era, de repente, no una pieza de vida añadiendo a la armonía total del Universo sino que un problema para un hombre y su hijo. Era, de repente, un problema para la humanidad.

Difícil de tragar.

Cada vez más descolocado por estas malas nuevas, y choqueado por la manera en la que este pendejo se le dirigía, volteó la mirada del niño hacia el hombre, esperó algo y cuando ese algo no llegó, bajó la mirada incrédulo.

Justo ahí, sus amigos bules europeos, dos hombres y una mujer, aparecieron desde el túnel-bosque. La situación pasó de surrealista a bizarramente real. Los amigos de mi amigo eran suficientemente amigos con el surfer-bule al punto de meritar cándidos apretones de mano por parte de los tipos (quienes se encontraban totalmente ignorantes de lo que ocurría) y, para colmo de lo bizarro, acto seguido, besos en las mejillas entre el hombre y la mujer.

El hombre rápida pero dubitativamente (¿avergonzadamente tal vez?) informó y afirmó su posición a los demás (quienes no podían creer lo que escuchaban), pero con todo, dio su permiso a todos para bajar el acantilado por solo esa vez, e inmediatamente se fue caminando tan incómodo con la situación como cualquiera de ellos.

Mientras bajaban el acantilado mi amigo pensó en Pak Ketut.

Las olas no podían estar mejor. Estaba grande pero no gigante, el swell se alineaba perfectamente, las largas series llegaban a intervalos exactos, y todos los picos estaban explotando. Mientras chequeaban las olas por una última vez antes de entrar, mi amigo le preguntó a su amigo, “Man, ¿realmente soy un problema?”

“No sé de qué me hablás. Definitivamente, a veces sos un rompepelotas, si te referís a eso… ¡Mirá esa ola man! ¿A por la pequeña máquina de tubos o por las paredes largas?”

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